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viernes, 2 de julio de 2010

LOS ROMÁNTICOS Y LA EDUCACIÓN LEGAL EN EL PERÚ



LOS ROMÁNTICOS Y LA EDUCACIÓN LEGAL EN EL PERÚ: RESPUESTA A PÁSARA
Por: Óscar Súmar A. (*)


El investigador LUIS PÁSARA atribuye el problema de la educación y práctica legales en el Perú a la DESREGULACIÓN y, como responsables de ésta, señala a los INTELECTUALES LIBERTARIOS que –créalo o no- existen en el Perú.

Para comenzar, un tema de principio: últimamente me he dado cuenta que este tipo de discusión [acerca de si regular o no una determinada actividad] se suelen reducir o –más propiamente- generalizar al punto de convertirse en escaramuzas [diría batallas, pero nuestra academia es muy reducida] entre las posturas libertarias y las intervencionistas. Así, los libertarios tenderán a acusar a personas como Pásara de “rojas” y éste les dirá “mercachifles” de vuelta. Este tipo de debate me resulta ocioso y estéril, aunque algunas veces –inclusive recientemente- he cometido el error de enfrascarme en él. Si algo me resulta saltante en relación a este tema, sin embargo, es el complejo de pequeñez que aqueja a los propulsores del intervencionismo. Yo tendería a pensar que ellos son más representativos de la política peruana que los libertarios y tendería a pensar, además, que han tenido mayor éxito que los libertarios, al lograr impulsar la actividad estatal en muchos ámbitos. Dados los pobres resultados alcanzados a través del intervencionismo, no los culpo, sin embargo, de querer exonerarse de responsabilidad. Por el contrario, tiendo a creer que el –desde mi punto de vista modesto- proceso de desregulación comenzado por Fujimori se explica más en el Consenso de Washington que en la ideología de nuestros escasos académicos libertarios.

Digo que el debate es ocioso porque no creo que la pregunta de si debemos establecer estándares de calidad para la educación legal se resuelva apelando a la ineficiencia de la regulación estatal –en caso ser libertario- o del mercado –en caso ser intervencionista. El debate se tiene que dar a un nivel de detalle mayor. Pásara ha tenido un acercamiento con el tema desde una perspectiva pragmática. Él ha identificado que, desde su punto de vista -y ciertamente del mío y seguramente de muchos de nuestros lectores- la educación legal es de baja calidad. El problema con su análisis es que, de esta “constatación”, directamente concluye que el tema debe ser regulado y también que debe ser regulado a través de estándares.

Existen muchos problemas en relación a esto. Primero, el que la calidad sea baja no sería un problema si es que el mercado pudiera discriminar entre buenos y malos y solo elegir a los buenos. Esto crearía un desincentivo a la creación de nuevas facultades. Sin embargo, esto no ocurre así en la realidad, porque el mercado es imperfecto. En este caso en particular se pone énfasis en la falta de información de los consumidores. Como consecuencia de esto, se saca el tema del mercado, para introducirlo en otro tipo de mercado, el mercado político. En otras palabras, se decide reemplazar al MERCADO, por NORMAS. Y ahí, con la misma certeza con la que Pásara puede concluir que el mercado no es perfecto, nosotros podemos concluir que el mercado político tampoco lo es. Los políticos tampoco tienen suficiente información, tampoco son perfectamente racionales y, por si fuera poco, están sujetos a presiones de grupos de interés que los llevan a dictar normas contrarias al interés de los consumidores en general. ¿Por qué debemos preferir las fallas del sistema político sobre las fallas del mercado? Es una pregunta que Pásara no responde.

Segundo, podemos establecer la conveniencia de una regulación como la propuesta en un nivel mayor de detalle tomando en cuenta, por ejemplo, si las personas que estudian en facultades de Derecho de “baja” calidad mejoran o no su situación por hacerlo; si mejora la situación de los clientes de estos abogados; y, si mejora la situación del país en general. ¿Preferimos tener menos profesionales o más profesionales, aunque no se dediquen a lo que efectivamente estudiaron? [Por ejemplo se podría hablar de la conveniencia en términos de nivel cultural en general]. ¿Preferimos que más personas tengan acceso a abogados de relativamente baja calidad o que no tengan acceso a abogados en absoluto?; y así. Si la situación de todas las personas involucradas mejora y, en general, concluimos que mejora la situación del país, ¿debemos basarnos en nuestra apreciación subjetiva acerca de la calidad para decir que eso está mal?

Tercero, seamos libertarios o no, todos podemos estar de acuerdo en que, por lo menos en algunos aspectos, el interés de las empresas es contrario al interés del público. Los productores siempre quieren cobrar mayores precios, los consumidores siempre queremos menores precios [manteniéndose la calidad constante]; los productores siempre quieren menos competencia, los consumidores siempre queremos la mayor cantidad de alternativas para elegir; y así sucesivamente. El fijar estándares, sobre todo cuando son fijados y administrados por los propios productores establecidos, tenderá a restringir el acceso al mercado. Esto, inexorablemente, reducirá la competencia, aumentará el precio de los servicios y desincentivará la innovación. Todas estas consecuencias son contrarias a los intereses de los consumidores. La ganancia sería que ya no serían engañados por abogados de baja calidad; pero, ¿realmente podemos asegurar que los consumidores de servicios legales de relativamente baja calidad son engañados? ¿Una persona que contrata a un abogado de S/.50 la hora y proveniente de una universidad nacional cree que éste es igual de bueno que uno que cuesta USD 100 la hora y proviene de una de las universidades privadas más prestigiosas? Si la respuesta es negativa, el costo de la regulación sigue siendo evidente, pero ya no quedan tan claros sus beneficios.

Cuarto, la administración de estándares es costosa. Para comenzar, podemos preguntarnos quién se encargará de fijarlos y quién de administrarlos. ¿Serán estándares de resultados o de obligaciones específicas? ¿Cuál será el parámetro para decir qué calidad es la adecuada, Harvard o la mejor universidad peruana? Y otra serie de preguntas que harán de esta medida más o menos adecuada, pero que, sin embargo, están en un segundo plano o simplemente no se encuentran en el discurso de Pásara.

Quinto, es verdad que existen problemas de información y de competencia en el mercado legal. Pásara atribuye estos problemas a la desregulación, sin embargo, escapa de su análisis que el mercado legal es uno ampliamente regulado: existen grandes barreras de entrada. Entre éstas, podemos contar: la pertenencia a un colegio de abogados para poder litigar y, estrechamente ligado al problema de información, la imposibilidad de hacer publicidad, tema que, inclusive, ha merecido un pronunciamiento –en contra de la restricción- de la Corte Suprema de los Estados Unidos. Para Pásara, sin embargo, nada de la falta de información o competencia se explica en las trabas legales. Inexplicablemente, además, concluye, teniendo a la vista un mercado altamente regulado, que sus problemas se deben a la falta de regulación. No decimos que es imposible que los problemas del mercado de servicios legales se deban a sus aspectos desregulados; pero nos parece que existe una obligación –¿acaso moral?- de descartar la prohibición del mejor método de información en el mercado –la publicidad- como la causa de la asimetría informativa, si uno pretende argumentar que los problemas del mercado se deben precisamente a esta asimetría. [Actualización: Y aquí seguramente se dirá que los abogados sí se publicitan, ya que hay estudios de abogados que tienen páginas web y otros que aparecen en las páginas amarillas. Quien diga eso, pierde de vista que la mecánica de este tipo de prohibición consiste, precisamente, en ser querida y violada, al mismo tiempo, por las empresas. Ellas no quieren que haya publicidad en general, sin embargo siempre intentarán eludir la norma para publicitarse ellas mismas. Sin perjuicio de esto, el nivel de publicidad será notablemente más bajo que en un mercado sin prohibición].

Finalmente, hay que despertar de la ilusión romántica (1) de que el sector público puede solucionar todos los problemas. Vale darse cuenta que el mercado no es perfecto, pero también hay que tomar en cuenta los costos de la regulación. La mejor manera de hacerlo es fijarnos en los detalles, para establecer costos y beneficios, a través de trabajos empíricos. Ese trabajo, en todo caso, continúa pendiente de ser hecho en nuestro país, por lo que mal haríamos en concluir la necesidad de regular.

NOTAS

(*) Es profesor e investigador a tiempo completo en la Universidad del Pacífico, en la Facultad de Derecho. Actualmente tiene a su cargo el curso Economía y Derecho, que se dicta en la Facultad de Economía. El profesor Súmar es abogado, summa cum laude, por la Pontificia Universidad Católica del Perú. Ha escrito decenas de artículos y participado en conferencias en las áreas de su interés: análisis económico del Derecho, regulación económica, libre competencia, derecho constitucional, derecho y desastres; entre otras. Adicionalmente, el profesor Súmar ha laborado en el Tribunal Constitucional y ha sido director de la revista Themis. Actualmente se encuentra ad portas de publicar un libro sobre regulación de la publicidad comercial en el Perú y está trabajando conjuntamente con otros expertos en un libro sobre libre competencia.

(1) “No habrá retorno a la ilusión romántica de que el sector público soluciona todos los problemas: reales, imaginarios, desarrollados o inventados”. BUCHANAN, James M. Economía Constitucional. Madrid: Instituto de Estudios Fiscales. 1993. p. 48.

sábado, 12 de junio de 2010

LA FÁBULA DEL MERCADO Y LA LEY [SOBRE LAS FACULTADES DE DERECHO]



LA FÁBULA DEL MERCADO Y LA LEY [SOBRE LAS FACULTADES DE DERECHO]
Por: Luis Pásara (*)

Había una vez un país en el que una ley universitaria, a la par que establecía la autonomía de cada institución para gobernarse, disponía ciertos procedimientos para crear universidades y facultades dentro de ellas. Pero ese país cayó, un mal día, en manos de mercachifles, vendedores de todo tipo de baratijas, pero también de ideas.

Los MERCACHIFLES –que no vendían ideas propias sino importadas– lograron hacer creer que todos los problemas del país se solucionarían mediante el LIBRE MERCADO, cuanto más libre mejor. De modo que se llegó a creer que toda REGULACIÓN o límite impuestos por el ESTADO era perjudicial para el país. Cuanto menos interviniera el Estado, mejor, se machacó. La mejor ley es la que no existe, se atrevieron a decir algunos.

El esquema es simple y, por lo mismo, fácil de vender. El mundo está regido por la OFERTA y la DEMANDA. Desde la religión hasta la prostitución. Hay que dejar que oferta y demanda se desarrollen libremente; lo que tiene valor se venderá y aquello que no lo tiene, fracasará. Y de ese juego nos beneficiaremos todos, con los mejores productos y, gracias a la LIBRE COMPETENCIA, los adquiriremos al mejor precio, se prometía.

Algunos dijeron que las cosas no funcionaban así en los países que habían alcanzado el desarrollo. Se les respondió que eran comunistas. Otros señalaron que el propio mercado tiene “imperfecciones”. Nadie les hizo caso. Se desreguló todo lo que se pudo desregular y el país se sentó a esperar los frutos del cambio derivado de la ENTRONIZACIÓN DEL LUCRO como MOTOR SOCIAL.

Aparecieron entonces las UNIVERSIDADES con declarado ESPÍRITU DE LUCRO. Los MERCACHIFLES ESPECIALIZADOS en esta materia se rieron públicamente de quienes habían venido sosteniendo que la universidad no era una empresa. “Claro que es una empresa”, gritaron. Y explicaron que los estudios a ofrecer también deben estar regidos por la LEY DE LA OFERTA Y LA DEMANDA.

Se beneficiaron del hecho de que, en un país pobre, donde la mayoría de quienes terminan la secundaria no tienen empleo, cada quien deposita esperanza en obtener un título profesional que mejore su capacidad competitiva en el mercado de trabajo. Esto no tiene nada que ver con el principio añejo y superado de “quien estudia, triunfa”. No. Se trata de PURA COMPETENCIA en un MERCADO “ALGO IMPERFECTO”, en el que sistemáticamente no hay trabajo para todos.

Decenas de UNIVERSIDADES –carentes de bibliotecas, que no hacen investigación, que tienen profesores sin formación a quienes pagan por hora dictada– abrieron sus puertas y ofrecieron diversos estudios profesionales. La población universitaria se multiplicó de golpe.

Los MERCACHIFLES UNIVERSITARIOS constataron que montar una facultad de medicina o una de ingeniería es caro. Se necesita laboratorios y profesores especializados. Pero establecer una FACULTAD DE DERECHO es baratísimo: un aula, un profesor con un código en la mano y una pizarra. En pocos años, las facultades de derecho florecieron en todo el país; primero, en las sedes universitarias; luego, en las llamadas filiales. En el piso superior de un mercado, en lo que había sido una sala de baile, en un garaje, en cualquier lugar se instalaron espacios para enseñar derecho.

Para que todo fuera inobjetable, los MERCACHIFLES tomaron el control de la institución que agrupa a las universidades. Se extendieron entonces autorizaciones y permisos para que todo fuera “legal”. Universidades que no habían seguido los procedimientos establecidos por alguna ley, fueron reconocidas plenamente. Las UNIVERSIDADES-NEGOCIO quedaron legitimadas.

Mientras de las universidades públicas y privadas, establecidas con el antiguo régimen, los abogados salían por decenas, de las UNIVERSIDADES-NEGOCIO salieron por cientos. Incluso algunos que no habían logrado graduarse como abogados en las universidades tradicionales, pagaron cierta suma y se graduaron en las recientes. La oferta de abogados creció.

Pero LOS CLIENTES NO SE BENEFICIARON. Porque se produjo una estratificación en la oferta profesional. Los mejores abogados, usualmente formados en las universidades tradicionales y en el extranjero, cobraban honorarios profesionales muy altos. A disposición de los sectores menos pudientes quedaron los abogados egresados de las UNIVERSIDADES MEDIOCRES, donde habían aprendido poco. Quien pagaba relativamente menos, no recibía ningún servicio efectivo de su abogado. Y lo peor es que ni siquiera lo sabía: “el saber jurídico”, que no está al alcance de los seres normales, se lo impedía.

Los COLEGIOS DE ABOGADOS no hacían nada para sancionar el incumplimiento de deberes profesionales. Sus TRIBUNALES DE HONOR condenaban tarde, mal y nunca a tanto abogado dedicado al pillaje contra sus propios clientes. Bastaba tener un título profesional para dedicarse a cobrar por no ocuparse, u ocuparse mal, de los casos que se les confiaba. Y cuando un caso se perdía, bastaba decir que la CORRUPCIÓN DEL PODER JUDICIAL LOS HABÍA VENCIDO.

Pero, un día, alguien dio la voz de alerta: “SOMOS DEMASIADOS”. La COMPETENCIA POR CONSEGUIR CLIENTES SE HABÍA PUESTO DURA. Y otro añadió: “Lo peor es que en las facultades de derecho hay un número de estudiantes de derecho que es mayor al de abogados ya en ejercicio”. “Esto hay que pararlo”, propuso un tercero. ¿Cómo? “CON UNA LEY”, coincidieron todos.

UNA LEY, NO PARA ESTABLECER ESTÁNDARES DE CALIDAD EN LA UNIVERSIDAD. Una ley, no para obligar a que las facultades de derecho pasen por un sistema de acreditación y queden fuera aquellas instituciones que son una ESTAFA. Una ley, no para introducir exigencias encaminadas a garantizar la formación de profesionales competentes.

No, UNA LEY PARA LIMITAR EL INGRESO DE MÁS COMPETIDORES A LA PROFESIÓN. La pita se rompe por lo más delgado. No más estudiantes de derecho, por unos años, y la oferta profesional se contendrá. Así, no se enmienda el gravísimo problema de tener miles de abogados que no son tales. Simplemente, por un tiempo, no habrá más abogados.

El servicio profesional no habrá mejorado pero sí se habrá concluido con la amenaza que, a los abogados existentes, plantea un mayor número de competidores. Ésa es la LEY que busca, muy tardía e insuficientemente, enmendar los EFECTOS INDESEADOS DEL MERCADO.

NOTAS
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(*) El autor es abogado, consultor internacional y autor del informe “La Enseñanza del Derecho en el Perú: su impacto sobre la Administración de Justicia”.

(1) Link del Libro “La Enseñanza del Derecho en el Perú: su impacto sobre la Administración de Justicia” de Luis Pásara
http://blog.pucp.edu.pe/media/2841/20090310-02%20-%20Pasara%20-Ensenanza%20del%20Derecho-.pdf



FUENTE
http://blogcristalroto.wordpress.com