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jueves, 10 de septiembre de 2009

EL PRESIDENCIALISMO, CANCER DE LA DEMOCRACIA

EL PRESIDENCIALISMO, CANCER DE LA DEMOCRACIA
Por Mario Bunge

Es sabido que hay dos regímenes de gobierno democrático: el PARLAMENTARIO, de origen británico, y el PRESIDENCIAL o de estilo norteamericano. También es sabido que casi todas las repúblicas del Tercer Mundo son presidencialistas.

En RÉGIMEN PARLAMENTARIO el primer ministro y sus colegas de gabinete son diputados electos por la ciudadanía. Sus poderes están estrictamente limitados, y sus actos son juzgados constantemente, ya que sus opositores les exigen cuentas y los interpelan todas las semanas en el recinto parlamentario, en sesiones televisadas a todo el país.

Los gobiernos parlamentarios tienen la gran virtud de ser vulnerables, por lo cual deben andarse con cuidado. En efecto, pueden caer de la noche a la mañana por perder un voto de confianza. Este peligro o, mejor dicho, esta oportunidad, se da cada vez que el gobierno es minoritario. Esto ocurre cuando ha subido en virtud de una alianza de partidos, o cuando pierde el apoyo de los partidos que le han ayudado a subir al poder.

En este caso, el primer ministro puede cambiar de ocupación y de residencia, pero conserva su banca hasta la próxima elección. Semejante cambio transcurre sin que se dispare un solo tiro ni se mande a nadie al destierro, ni siquiera se gaste en una campaña electoral. La única erogación que ocasiona semejante cambio de gobierno podrá ser la redecoración de la residencia del primer ministro.

(Esto ocurrió en Canadá dos veces en el curso de 8 meses, cuando Pierre Elliott Trudeau, liberal y hombre de mundo, fue derrotado en el Parlamento por Joe Clark, conservador y provincial, quien a su vez fue sucedido por su predecesor, asqueado por el mal gusto de su rival. Repintar una residencia oficial cuesta mucho menos que derribar o enjuiciar a un presidente.)

En RÉGIMEN PRESIDENCIAL el primer mandatario nombra los ministros que se le antoja, y ellos obran to his pleasure, a su gusto, a espaldas de la opinión pública y sin inquietarse por su futuro politico. El presidente puede vetar cualquier proyecto de ley, y el parlamento no puede exigirles a él ni a sus ministros que comparezcan en cualquier momento ante los representantes del pueblo para dar cuenta de sus actos. Y si se lo permite un parlamento amigo o cobarde, el mandalluvias puede gobernar por decreto. Incluso puede derogar centenares de leyes, como lo hizo en un solo día el anterior presidente norteamericano.

Si comparece y queda en evidencia, al ministro-lacayo nada le pasa. Podrá ser acusado de crímenes de guerra, como ocurrió con John McNamara, Henry Kissinger y Donald Rumsfeld. Pero gozará de la impunidad que le confiere la complicidad con un mandatario casi todopoderoso.

En resumen, el régimen presidencial es lo más parecido a una autocracia que puede darse en una democracia política. No debiera extrañar, entonces, el que la mayoría de los gobiernos presidencialistas sean dictaduras, o al menos dictablandas.

Tampoco debiera extrañar el que tantos de esos presidentes y sus ministros saqueen impunemente el tesoro público, incluso en naciones pobrísimas. Este saqueo no siempre implica meter la mano en la caja fuerte. Puede consistir en asignar inmensos trabajos a empresas amigas, a costos fabulosos y sin licitación pública. (Recuérdese los casos de las legendarias empresas Halliburton, Bechtel y Kroll, amigas de George W. Bush y su vice, Dick Cheney.)

Si el presidente cuasiomnipotente es carismático, o si dispone de una buena agencia de imagen pública, o de una eficiente maquinaria de movilización popular, puede generar el personalismo. Este a su vez le permite abusar del poder, como pasó con tantos personajes sin más visión ni competencia que la necesaria para seguir aferrados al poder.

El presidente cuasiomnipotente tiende a ser tomado como modelo. Los jóvenes que quieren triunfar lo copian hasta en sus tics. Si es propenso a la violencia, alienta a los matones. Si es corrupto, propicia el robo. Si es mitómano, justifica a los mentirosos. Si es inculto, pone de moda la incultura. En resumen, el mandalluvias torcido imprime su carácter deforme en toda una generación.

El presidencialismo disminuye todas las instituciones democráticas, empezando por el parlamento. Hace medio siglo, en pleno auge del PRI, un equipo de politólogos mexicanos hizo una encuesta reveladora entre chicos de la escuela primaria. Una de las preguntas era “¿Cuál es la función de los diputados?” La respuesta mayoritaria fue: “Los diputados son los ayudantes del Señor Presidente.” ¡Sobresaliente!

Pocos años después uno de mis hijos, que cursaba el tercer grado en una buena escuela mexicana, hizo una monografía sobre la historia del país. Allí escribió: “Las personas más importantes de la historia mexicana son Hernán Cortés y el Presidente Echeverría.” Su trabajo mereció una buena nota.

En aquella época los mexicanos típicos que tenían alguna queja o pedido se dirigían al Señor Presidente, no al parlamentario de su distrito electoral. Y si les fallaba el Presidente, no les quedaba sino la Virgen de Guadalupe. Entre el Estado y el individuo no había organizaciones no gubernamentales que defendiesen sus derechos.

El presidencialismo no sólo disminuye la democracia y favorece la corrupción, sino que también da un mal ejemplo que cunde: los dirigentes de todas las organizaciones tienden a adoptar el estilo presidencialista. O sea, dan órdenes sin consultar a sus subordinados ni, menos aun, les invitan a que participen en la toma de decisiones. El jefe de oficina actúa como un tirano, lo que es particularmente dañino cuando es incompetente.

El resultado del ejercicio de semejante liderazgo antidemocrático es la apatía de los de abajo: trabajan lo menos posible y no se atreven a sugerir cambios para resolver problemas ni, menos aun, para mejorar el rendimiento de la organizaciónn, ya que no la sienten como cosa suya.

La democracia auténtica es participativa, porque no es otra cosa que autogobierno. La participación libre (voluntaria) no se puede falsear. En cambio, la representación puede desvirtuarse de varias maneras: mediante el fraude, la compraventa de votos, la compra de espacios televisivos, la votación de tipo “quien saca más votos se queda con todo” (a diferencia de la proporcional), etc.

En una organización grande la participación no puede ser directa: ha de ser representativa. Pero siempre es posible y deseable subdividir un sistema social grande en unidades menores. De esta manera puede asegurarse la participación intensa en las unidades básica, junto con la representativa en las de orden superior.

Esta democracia, que llamo escalonada, se practica en todo el mundo. Pero de hecho rara vez se consulta a los de abajo sobre cuestiones importantes. Y rara vez se asciende de petiso de los mandados a director de empresa. Donde domina la mentalidad presidencialista, los ascensos están al arbitrio del mandamás. Y éste favorece al leal, o incluso al servile, por sobre el competente.

Son excepcionales las organizaciones en las que rige la MERITOCRACIA. En las más dominan la AUTOCRACIA y su fiel compañera, la MEDIOCRACIA. Las oganizaciones meritocráticas son tan excepcionales, que se las puede enumerar: el ejército ateniense de la época de Pericles; el ejército napoleónico, en el que “todo soldado lleva el bastón de mariscal en su mochila”; la cooperativa; la organización no gubernamental de bien público, tal como la asociación vecinal; la buena Universidad; y pará de contar.

Se objetará que el parlamentarismo no es garantía de buen gobierno. Es verdad. La perfección es prerrogativa de la matemática y del arte. Hay al menos dos maneras de desvirtuar el régimen parlamentario. Una es combinarlo con el presidencial, como ocurre en Francia. Si ambas ramas pertenecen al mismo partido, pueden colaborar para bien o para mal del país. De lo contrario, los parlamentarios gastarán más tiempo peleando entre sí que legislando. (Esto sucedió durante la última fase del gobierno de “cohabitación” del presidente socialista François Mitterrand con el jefe de gabinete conservador, Jacques Chirac.)

Otra manera de desvirtuar el parlamentarismo es elegir un parlamento sumiso, que se limite a aprobar todos los proyectos que le proponga el presidente. En este caso, el parlamentarismo apenas se distingue del presidencialismo, porque de hecho el parlamento no juega su rol específico.

En todo caso, es más fácil corregir errores y evitar delitos políticos cuando el poder se distribuye que cuando se concentra. Esto se debe en parte a que el poder se debilita al diluirse (democratizarse). Y también a que el poder compartido involucra el debate y la transparencia.

En resumen, el presidencialismo es un cáncer que tiende a la metástasis en toda la sociedad. Habiendo fracasado desde su origen, en 1776, es hora de reemplazarlo por el parlamentarismo, el que invita a intensificar la participación, que es el carozo de la democracia auténtica. Además, divide menos y cuesta mucho menos. Puje por el parlamentarismo y ahórrese unos mangos.

INFO-FUENTE:

http://grupobunge.wordpress.com/2009/07/26/el-presidencialismo-cancer-de-la-democracia

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